Hay días en que quisiera explotar en un lamento que sea capaz de escucharse debajo de cada piedra. Si tan sólo pudiera transformar en palabras aquellos sonidos, aquellas sensaciones que atrapan en cadenas mi corazón, las usaría como expresión primera en el intento de mostrar aquello que sólo existe, por ahora, en mi mente. Aquello que sólo existe y existirá por siempre dentro de lo que nunca me dejó conforme, pero en secreto sé que me pertenece.

Me gustaría aprender a decir que sí, y aprender a decir que no. Aprender que hay cosas más complejas que un acercamiento tímido a decir su nombre, o un intento frustrado de decir basta. Basta con la porquería y la fauna de verano. Basta con las voces sin nombre y las conjeturas sobre un otro suficiente. Basta de excesos y basta de deprivaciones. Es momento de quedarse en silencio. Así te quieren, callado e inmóvil, para que tu voz no sea capaz de proclamar su ausencia, y tus manos no puedan nunca desatar el nudo de las cadenas que mantienen ahí dentro esa gota de inocencia.

Y es que aún no sé su nombre, y tanto quisiera. Todas las sonrisas, todas las lágrimas que hasta el día de hoy tienen ese sentido cálido de un abrazo fraterno hacia todos quienes supieron escuchar, al final del día, se queman negras. Las sábanas donde alguna vez nos pudimos dar cuenta, tú por tu lado y yo por el mío, de que nuestra imaginación puede más que nuestros sentidos, se queman negras entre cristales de sal y uno que otro recuerdo de infancia. Y te recuerdo, te miro y te siento, como si fuésemos dos partes de una misma cosa que no tiene nombre, y no sé tu nombre, aún no sé tu nombre y tanto quisiera. Entre pedazos de aquello que hace desear ser diferente y pedazos que te recuerdan que, después de todo, eres igual al resto, es posible retorcerse y escuchar, tan sólo escuchar y no pensar, escribir y no leer, y decir tu nombre sin hablar, porque aún no sé tu nombre, y entre las voces de los que aún no han sabido escucharte y los gritos de los que nunca se atreverán, ofrezco al viento un pedazo de corazón, que desde la punta de mis dedos, manchados con un beso que nunca llegará a destino, cae al suelo y se quiebra, entre pedazos de lo que nos hace tan diferentes, pero en el fondo cortados con la misma tijera, la misma que cortó esas sábanas y destrozó nuestras ilusiones de escucharnos una vez más, quizás un poco más de cerca. Si tan sólo pudiera gritar tu nombre y pedirle al viento que te hiciera llegar en una caricia de aire tibio todo aquello que no puedo decir con palabras, y que no puedo decirte a la cara, porque no sé tu nombre, aún no sé tu nombre, y esta vez, te prometo… tanto quisiera.

Todos, todos hijos de puta. Nada de Holy.

Hijos de puta los maricones internacionales que no saben conjugar. Putos los maricones del love affair en redes. Putos los imbéciles que no saben más que sonreir con cara de estúpidos. Zorras las que de su victimización se alimentan. Hijos de puta los que no saben decir la verdad. Putazos los que no supieron ni sabrán sentir. Putos los maricones que no fueron capaces de compartir más que quejas y lástima, e imbécil yo por haberles seguido el juego tanto tiempo.

Y me reí, y lloré. Reía y lloraba al mismo tiempo. Es que al final, yo también nací en el year of the cat. En realidad, por un tiempo pensé que ya no tenía palabras, pero parece que simplemente las estuve buscando en el lugar equivocado. Al final siempre vuelvo al principio. Quizás esta vez un poco más contento, lo que es bueno. Supongo que cada día que pase me voy a seguir riendo de la inmadurez del día anterior. Así es la vida y estoy conforme. Y lo hago de nuevo una y mil veces, y da lo mismo, todo da lo mismo.

¿Cómo pude llegar hasta este momento sin entender qué era lo que significaba esa frase que según yo tanto sentido tenía?

Qué chucha estoy pensando. Al final, obvio. Eso es lo importante. La weá es super obvia. En realidad nunca estuve pensando en “algo más”, siempre estuve pensando en mí mismo. Que egoísta de mi parte, la cagó. Y yo que pensaba que era tan idealista. Si los ideales fueran así, puta, entonces estamos en una sociedad construída de ideales. Qué tonto. Qué imbécil. Y es que no es para mí, nunca es para mí. Eso es una consecuencia, jamás la razón. Por eso no resulta, por eso no funciona, por eso! esa es la puta causa! Onda, da lo mismo si nunca llega, porque al final, soy yo el que tiene que llegar.

Por eso es que me quedo despierto hasta tarde! esta es la hora de los amazing insights!

Para variar, las tres con cinco. Y por si fuera poco, aún falta bastante que internalizar y poco para lograrlo. Pero estoy acostumbrado, acostumbrado, acostumbrado. Total, qué sería de la vida sin costumbres medias peligrosas y autodestructivas.

Supongo que en algún momento de la semana será posible llevar a cabo ese camino cuyo rumbo desconozco pero me atrae, a eso de las cinco, con un par de palabras en français en mis oídos.

Sí, es bueno, bonito pero está léjos de ser barato. Momentos así de repente recuerdan que esta mezcla extraña de objetos, personas y sueños, puede tener sentido de vez en cuando. Aún cuando sea yo mismo, otra vez, con ese abrigo negro que tanto me gusta.

Sí, lo tengo claro. ¿Hago algo para eso? Bueno, es obvio. Es tan obvio que ni siquiera intentaré dar una respuesta, y menos una explicación de aquello que no la necesita.

Y se callan todos, que no quiero escucharlos.

En un sueño me pierdo. Un sueño de esos bien bonitos que siempre, siempre tienen un final feliz. De finales felices podría hablar. O quizás podría hablar de las tragedias que después de todo son parte del sueño mismo. En realidad, no tengo idea. No sé si es trágico, no sé si reirme, no sé si mantener la indiferencia. Es que por último un final trágico hace que, al menos a causa del drama y de la condición emocional que se supone se hereda genéticamente, a uno se le mueva algo o se le paren los pelos. Pero tanto más terrible es vivir en esa indiferencia, esa incertidumbre, esa forma estática en que las emociones parecieran ausentes. Tampoco todas, no es bueno exagerar. Estamos hablando de personas aquí, no de máquinas. Pero esas emociones que al menos yo, siempre he pensado como trascendentales e importantes en la vida de una persona, siguen ausentes, y se van y se pierden, y a veces ya cuesta tanto imaginárselas siquiera. Es que hay que resignarse alguna vez, porque, como siempre digo: “Si aún no te has matado, entonces haz algo por tu vida”. En vista y considerando la situación, creo que en verdad me da lo mismo la ortografía. ¿Qué tan importante puede ser? Es como un asunto estético no más, pero que igual denota cierto tipo de personalidad. Quizás no una muy positiva en algunos caso. Y al final da lo mismo si no entiende las bromas o las discusiones con un “Cut it out” o un “This is so over” entre medio, total, siendo bien realistas tampoco iba a suceder alguna vez. Y da lo mismo si la imagen esa que tenía en la cabeza llega a concretarse o no, o sea… al final caigo en las mismas superficialidades tontas de lo que yo critico, sólo que con un objeto distinto no más. Pero hay que seguir escribiendo la novela. Como el otro día yo mismo le dije a la increíble ella misma, hay que seguir escribiendo la novela. No se acaba aquí. No sin un final feliz, y no me resigno, y me da lo mismo, y que se vayan al carajo los que digan que no se puede. Quizás tengo que cambiar el switch un poco no más, y dejar de ponerme a escribir las cosas que se me vienen a la cabeza en modo de tormenta o ‘tropel’ como diría el hijo de puta ese que me hace clases. O al menos, no al amanecer.

Para él había sido uno de esos días en los que las metas electrónicas le ganaban un poco a las concretas. Uno de esos días en que diez más diez menos era un problema que se vería a eso del veinticinco. Uno de esos días en que un poco más apretado o más suelto era un problema que se vería al comenzar, igual que siempre, una de tantas posibilidades de reparar los daños.

Él no se había percatado, probablemente por esa sensación calurosa que produce el soñar, de que al igual que los religiosos que tanto criticaba, lo único que hacía, era vivir día tras día anunciando la llegada de cristo; Un cristo que, si bien él no veía como un salvador, lo veía como probablemente hubiese querido ser visto.

Y es que, ¿de qué estamos hablando, mi querido y delirante pedazo de ser humano? Tú bien sabías que la experiencia es relativa, al igual que tiendes a relativizar la vida completa. Siempre supiste que no se podía andar por la vida con ambigüedades extrañas, y sin embargo esa relativización de lo evidentemente objetivo, te ha dejado dividido en dos partes contradictorias que, tú bien sabes, no puedes seguir pretendiendo son compatibles.

Y bueno, date cuenta de una vez por todas. Al carajo con el inexperimentado enamoradizo, y al carajo con el otro ese, del cual su experiencia ignoras, pero pretendía, al menos en tu cabeza, soñar con esas flores de primavera, que siendo bien realistas, te dan alergia.

Dicen algunas personas que vivir la vida pensando en un bien mayor a veces es el camino a la realización de nosotros mismos como seres humanos. Bueno, quizás ahí está la diferencia. Tú hace tiempo dejaste de sentirte ser humano, y probablemente, no será la llegada de cristo la que te devuelva aquel privilegio, como metafórica y acertadamente lo has planteado hasta este minuto, poquito antes de las siete, poquito antes de que los seres humanos comiencen su vida normal a este lado del planeta, mientras tú te preparas para dar la siguiente excusa para que no te importen esos diez más, o el poco más apretado, o el hecho de que probablemente el cien por ciento que alguna vez pudiste haber dado, sólo quedó en una condicional que pronto culminará en una negativa.

Negativas. Hacia ti, para ti y por ti.

Y es que te conozco mejor que nadie.

Y es que te busqué primero y te encontré primero. Y es que siempre estuviste escondido bajo aquella almohada y el peso de las frazadas que te ataban a la cama.

Y es que me conoces mejor que nadie.

Y es que siempre estuve ahí, entre libros y pedazos de un sueño que me hubiese gustado conocer y sentir más profundo. Mejor que tú, mejor que ellos.

Y es que no soy más que yo mismo, elemento de mi propia existencia, con quien duermo y disfruto del vientecito de otoño. Con quien me amanezco entre el amargo sabor del cigarrillo y lo que queda del perfume de una mañana que prometía ser diferente.

Y es que no soy más que agua y viento, mezclado, sintiente y viviente. Es la hora de una homogeneidad más sincera, más cercana, que promete una mañana sin sabores amargos ni esperanzas un fuego que nunca pretendió arder.

Y si fuéramos como el viento, quizás con un cierto tipo de paso violento nos abriríamos camino por sus verdades, sus mentiras y lo que callaron todo este tiempo.

Y si tú fueras como agua, y con el calor de un abrazo te evaporaras y te mezclaras con el viento, que con ese vaivén a paso lento te mostraría cuanto mejor es vivir heterogéneos, ajenos de lo que siento.

Y es ese cigarrillo que cambia de estado mis miedos, a uno más puro, más etéreo. Quizás es el arrastre de la experiencia, pero te juro, no te miento cuando digo que nunca fuimos más que un cuento.

Y es que nunca es suficiente, mezclarse, confundirse y ajustarse. Es un mundo podrido, y llevamos una vida de papel. Un papel que se lleva el viento, que humedece el agua, pero un papel, que bajo la mirada del cemento, fue después de todo, un muy buen invento.