Todo se queda en las ganas. Las ganas de escribir, de llorar y de regresar un momento y pensar que nuevamente el rumbo se tornó gris. Nublado. Como aquellas tardes en que todo lo envuelve un manto de aquello que el viento le arrebata a los más débiles. Aquello que el viento me arrebata una vez más, por no ser suficiente. A veces me he reído, otras veces lo he mirado con recelo y lo dejo ir. Pero esta vez duele. Duele de una forma que no entiendo. Duele desde lo imaginario, desde lo irreal, y se transforma en una sensación que casi puedo sentir en la punta de mis dedos sólo para luego darme cuenta que nunca estuvo ahí. Y es que van y vienen. Van y vienen los días, los recuerdos y todo aquello que por un instante parece ser verdadero y no lo es. Nada es verdadero. Ni la artificialidad de las palabras, ni la representatividad de una imagen perdida en el puerto. Lo único verdadero es el dolor que ha tomado refugio en el corazón, y que poco a poco enrostra todo aquello que como un río de desesperanza desemboca en un devenir nefasto. Es que ya no importa si va, o si viene, o si la inmovilidad del tiempo se apodera de mis sentidos. Es tiempo levantar el pañuelo y despedir a la primavera, de cerrar las puertas, y dejar morir aquello que siempre estuvo marchito.

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