Tantos días y me pregunto por qué. Tantos rostros perdidos en el negro de la incertidumbre y tantas señales poco visibles me hacen pensar que me estoy quedando ciego en un mundo donde el que no ve, no ama. Es que no hay amor por lo que se esconde detrás de un sonido.
Tantos días de estar dormido. Dormido por comodidad y reticencia a significar aquello que se acerca a mi campo visual. Al final del día, el que no ve, no escucha.
Tantos días de silencio. Silencios que he aprendido a llevar sobre mis hombros que aún no son suficientemente capaces de llevar más que un sonido ahogado de desesperación. Pero al final del día, es sencillo, porque quien no escucha, no siente.
Un segundo de duda. Un intento más por lo que tanto quisiera. Un instante y dos. Cinco y la duda se vuelve infinita. De hielo la siento frente a mí, la veo, la escucho y me disuelvo entre todo aquello que de un momento a otro me ahoga y me recuerda que no soy suficiente.
Finalmente pasé el cambio, y voy a toda velocidad a estrellarme contra mis propios sueños. Soy demasiado cobarde para pisar el freno, aún sabiendo que después del impacto, ninguno quedará vivo.

Leave a comment
Comments feed for this article