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Es esa estupidez que se siente como cosquilleo en el borde de las palabras. Es aquella sencillez, que da paso a un tono elocuente cuando, y dependiendo de quién lo cuente, se van de foco las letras alguna vez. ¿Y cuánto más pretenden que uno por no hablar de más, y así callado y en paz, haga suyo lo que por amor los demás entienden? Hablemos de justicia, mi querida delirio. Hablemos de injusticia, querida quienseas. Finalmente no pretendemos, que los espectadores de la tragedia, sean los jueces cuando estas palabras vean.

Y en realidad poco nos interesa el juicio, poco nos interesan sus miradas o sus palabras, que con el tiempo hemos ido construyendo un buen escudo ante esas cosas. Aunque debo reconocer que aún seguimos cayendo, igual de niños, igual de imbéciles, si la bala va dirigida al corazón.

Parece curioso, parece increíble. Y es que el pasado pudo haber sido glorioso, sin haber dejado heridas aún sensibles. Y si a causa del viento, alguna vez entiendo, que derramar nunca es en vano, quizás pueda volver a levantar la mano. No por justicia, no por soledad. Que al final la muerte no es más que caridad, hacia un mundo de injusticia. Y es que de vez en cuando sería tanto más facil salirse del marco de pensamiento del resto… pero parece imposible, ¿no? ¿A dónde nos vinimos a meter?

….arregle el computador señorita Delirio.

¿Y qué quedó de la magia que alguna vez prometimos, quizás en otro lugar, en otro momento, hacer nuestra como aquellas canciones que escuchabamos mientras el sonido del viento y el sudor nos recordaban que la primavera llegaba a su fin? Ya no es momento de pedir perdón, y si lo pienso, en realidad nunca fue necesario. Fue tu mirada en ese primer momento, la que como una aguja se clavó en mi brazo, y como un suero de mentiras y sentimientos de agonía se abrió paso por mis venas. Fue el sentir que mientras tu rostro se acercaba al mío, yo no estaba ahí, al mismo tiempo que el resto de mi cuerpo me decía que el tuyo estaba listo para dar el siguiente paso. Y mis venas derramaron la agonía y el amargo sabor del engaño, al sentirse usadas como quien le pone un collar a un perro, por tus ingenuas y quizás inmaduras nociones de lo verdadero. Se derramó la magia. Se perdió entre gotas de sudor y el viento que nos recordaba ahora, el comienzo del verano. Se perdió entre la saliva y el placer no correspondido del sexo. Y es que desde un comienzo no fuiste más que un niño asustadizo frente a un mundo que, amenazante, rompe tus silencios. Recuérdame en silencio, que no seré yo el que ponga palabras en tus labios, ni seré yo el que las quite por completo.

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